7 de abril de 1932. Es temprano. Ha quedado un día perfecto para cometer un atraco. O eso deben pensar los tíos que acaban de acercarse a la puerta principal de la sucursal del Banco de Vizcaya de la calle Fuencarral. Son unos ocho, segúndirán los testigos presenciales a las autoridades dentro de un rato, pero mejor dejemos que los hechos sigan su curso. El baile va a empezar en un visto y no visto.

Dentro sólo hay un jubilado. Mala hora para entrar a ver cómo van los ahorrillos de toda una vida currando. Aunque ya sesabe, hay días que es mejor no levantarse de la cama y parece ser que hoy es uno de ellos. Al otro lado de las mamparas, los cajeros están afanados en lo suyo. Papeleo, leer el periódico a la espera de más clientela, esas cosas. La puerta se abre y ¡sorpresa! gabardinas, gorras y gafas de sol. Atuendo de gángster de película metido en faena.

El que lleva la voz cantante organiza al personal. El jubilado, de nombre Martín Real y extrabajador de Hacienda para más datos, no opone resistencia. Uno de los recién llegados se le deja claro. El cementerio está lleno de valientes, y con los sesenta y tantos años acuestas que calza, las cosas no están para andarse plantando cara a un grupo de atracadores que,t al y como acaban de avisar, no están ahí para andarse con tonterías: «¡Manos arriba, y al que levante la voz o se mueva le levantamos la tapa de los sesos».

Dicho esto, y dejadas claras las intenciones, cada uno ocupa su lugar. El que parte el bacalao en el asunto (de marcado acento argentino, remarcará el personal presente) se encarga del señor Martín. A fin de cuentas va a tener su minuto de fama cuando llegue la prensa y para que tenga tiempo de pensar qué decir y qué callar, pues mata el tiempo con el cañón de un arma apuntándole mientras le manda a contemplar de cerca el color de la pared. A su lado, uno de los atracadores se las da de cowboy con dos pistolas apuntando a los empleados. El resto se ha metido dentro del banco y está a lo suyo. Pillar billetes frescos y a otra cosa, que la vida son dos días y tampoco es plan perder uno en andarse con remilgos.

La cosa sigue, aunque aún faltan dos personajes más por entrar en escena.

El primero, el encargado del banco. El señor Fernando Morena, que desde su despacho oye ruidos y ya se sabe, la curiosidad mató al gato.

El cabecilla de los atracadores recibe el contratiempo con filosofía. Suspira, parece pensárselo unos segundos, debe ser que el guion que se había estudiado no contemplaba estas cosas, y decide salirse por la tangente. Situaciones desesperadas requieren medidas desesperadas. O, dado el caso y con un hierro en la mano, el que se ponga tonto se come un plomazo. Y así se lo hace saber a la parroquia: «al suelo todo el mundo. Boca abajo y sin moverse. El que levante una mano es hombre muerto. Y vosotros, proceded con tranquilidad. No hay prisa. Registrad bien para que no quede ni un solo billete». Todos obedecen. A tomar el fresco y limpiar las baldosas con vaho hasta sacarlas brillo. Menos el jubilado, que sigue a lo suyo. Contemplar pared.

A los pocos minutos, la puerta de la calle vuelve a abrirse. El que faltaba por aparecer, acaba de hacer su entrada estelar. Un chaval de unos catorce años de nombre Eduardo López. Nueva interrupción y nuevas improvisaciones. En este caso ya no están las cosas para andarse con frases lapidarias. La letra con sangre entra y no se andan con gilipolleces. Tan pronto pone un pie dentro, empujón, un arma apuntándole de cerca y a ayudar al señor Martín en su labor de vigilar la aparición de grietas en la pared, que ya lo dicen los jubilados de la zona: ya no se construye como antes y el día menos pensado, estas chapuzas que hacen se vienen abajo.

Más tarde. Ocho mil duros menos en las arcas del banco, una huida de la zona en un coche de alquiler y demasiados testigos de la huida hablando con la prensa y las autoridades. Cada uno barriendo para casa y buscando un hueco para su foto en las páginas de la prensa. Todo vale y todo se cuenta. Unos hablan de tiroteos. Otros de un coche negro con una franja en el centro y todos los que salieron del banco metidos dentro como sardinas. Unos chavales dicen que ni hablar del peluquín. Que había dos coches y que enfilaron para la Glorieta de Bilbao. El señor Martín se despacha de lo lindo (tanto tiempo de imaginaria es lo que tiene, da tiempo para pensar) y Eduardo López remoloneando, tal vez para quitarse el acojone de encima o para no volver al tajo. Ya se sabe, picaresca española.

Y en mitad de todo esto, alguien filtra a las autoridades una matrícula. Hora de trasladar el teatro de operaciones a dependencias policiales y empezar a apretar tuercas a confidentes, sospechosos habituales y demás chusma. Todo vale para encontrar al culpable, que cuarenta mil pesetas son muchas pesetas y hay que ganarse el sueldo.

A media mañana nadie sabe nada de los que han dado el palo al banco de la calle Fuencarral, pero lo que sí aparece es un coche con la matrícula que un mecánico ha soltado a la policía y la prensa (bajo compromiso de mantener su anonimato, que no están las cosas como para que a uno le apiolen por temas de ajustes de cuentas). Es un C-4 y tiene el motor quemado. Las cosas no estaban para conducir con precaución amigo conductor y las consecuencias son las que son. Calentón y hora de bajarse del coche y seguir a pie, dejándose dentro una gorra, un sombrero y un hilo del que poder tirar.

Y en eso se empeñan los de la Dirección de General de Seguridad. Hoy no toca emular el proceso de Montjuic. Las cosas vienen que ni pintadas y es cuestión de tiempo que los atracadores pasen unos días durmiendo en duro. El problema viene un poco más tarde. El tema del coche parece una broma. Hasta ayer mismo como aquel que dice perteneció a la Agencia Trema que se lo vendió a un tal Joaquín Bertual. Éste salió temprano de su casa y cuando los del uniforme van a invitarle a dar un paseo, aún no ha vuelto. La tensión puede cortarse con un cuchillo. Gritos de la parienta y llantos. Ya le dije yo que lo de hacerse chófer sólo le iba a traer problemas. ¡Ay madre que me le han matao! ¿Que el coche se usó en un atraco? Mire señor guardia, que mi Joaquín es mu honrao y seguro que esos canallas le han robado el coche. ¡Ay Dios mío que no le haya pasado nada! Que vuelva sano y salvo y blablablabla.

El ataque de nervios pasa y el desaparecido que aparece a media tarde en las oficinas de la Agencia Trema. Los encargados llaman a las autoridades y empieza el último acto. Las declaraciones del señor Bertual no tienen desperdicio, y pueden resumirse en que estando de servicio (momento de respirar hondo, sacando pecho y dárselas de chófer de postín) acababa de dejar a un viajero extranjero y se montaron en el coche tres tipos bien vestidos. Tenían ganas de pasear y le hicieron enfilar hacia El Pardo. La naturaleza, el aire puro, la fauna y la flora. Todo un festival sensorial y al parecer tenían ganas de disfrutarlo, dejando atrás la contaminación y el estrés de la gran ciudad…

Aunque el caso es que por ahí no iban los tiros. A mitad de camino, cambio de intenciones. «Señor conductor, aparqué ahí un momento y bájese del coche. Que usted se queda aquí, que nos han entrado ganas de conducir». Y ahí se acaba sus relaciones con el mundo del hampa madrileño. Lamentaciones porque el coche era nuevo y me lo han quemao. Que no he podido venir antes porque me he venío andando desde allí…

… O eso dice. El que dio el chivatazo de la matrícula se ofrece para un careo, aunque a última hora parece pensárselo mejor. Una cosa es dársela de majete con las autoridades y la prensa y otra muy distinta que alguien metido en algo de esa envergadura te vea la cara. Y precisamente a eso alude: al tema de las caras. Traga saliva y dice que sólo vio la espalda de quien conducía. Lo siento mucho, señor comisario, no me mire así. Ya se sabe, los nervios me jugaron una mala pasada y ahora no estoy tan seguro…

Y así acaba el asunto. Un palo de película. Algún periodista avispado que habla del Chicago de la calle Fuencarral y un chófer con alma de peregrino. Ocho mil duros que vuelan y los pioneros en el tema de entrar a un banco con la advertencia de «esto es un atraco» creando escuela desde el anonimato.

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