Carreteras secundarias y un viaje sin rumbo fijo. Johnny conduciendo y yo en el asiento del copiloto. Un país entero en el que perderse y nosotros a la caza de esa oportunidad de desaparecer. Dos almas errantes. Yo con antecedentes y una ficha policial en la que no salgo muy favorecido: posesión de marihuana y tenencia ilícita de armas. De no ser por el pequeño detalle de que me cazaron con la hija de un poli en el asiento trasero de mi Ford, mi última bocanada habría sido de gas letal. Pero la vida a veces tiene esos giros inesperados que hacen que los cabrones como yo sigan jodiendo al personal en lugar de estar criando malvas. En el lado opuesto de la balanza humana, está mi amigo Johnny. Un chico educado y de buena percha que siguió la tradición familiar, si bien aportó su propio final alternativo: nieto de un soldado muerto en la Primera Guerra Mundial e hijo de un marine caído durante la campaña del Pacífico. No dudó un instante en alistarse voluntario cuando lo de Corea enalteció los aires patriotas de chavales como él, pero en lugar de quedarse para servir de menú gourmet para las alimañas de allí, volvió sano y salvo. Algo tocado de la cabeza, con los nervios a flor de piel y unas ganas indescriptibles de ponerse hasta las cejas de todo cuanto caía en sus manos y conducir hasta el amanecer; pero de una pieza a fin de cuentas.

Y así fue como empezó nuestra aventura. Él, tratando de encontrar una razón para todo cuanto había visto y experimentado en su vida castrense. Yo, intentando poner cuanta más tierra de por medio mejor con los chicos de Brooklyn y los federales; a ver si la distancia hacía que unos perdonaran unos cuantos miles que les debía y los otros dejaban de dar por culo. Un plan perfecto. Vacaciones de costa a costa y a vivir la vida que son dos días, y uno nunca sabecuándo una bala puede llevar su nombre.

Comienza a amanecer. Johnny decide que es el momento de parar. Al parecer sólo le gusta conducir de noche, manías suyas. Un gran letrero descolorido y oxidado frente a nosotros. Motel Apolo, leo mientras Johnny aparca. Nos bajamos. Parece el típico decorado de una película de bajo coste. Una construcción de madera pintada de blanco llena de desconchones. Dos plantas. Una caseta de obra reconvertida en recepción. Dos coches más aparcados a bastante distancia el uno del otro. Y en mitad de la explanada que hace de parking, una cafetería.

Johnny propone echar un último trago antes de pedir una habitación doble. ¿Por qué no? El alcohol nos ayudará a mitigar la resaca que nos lleva martirizando un par de horas. Entramos. El suelo es de baldosas blancas y negras, brillantes. Las paredes están pintadas en unos tonos que años atrás debieron ser azul turquesa, pero que ahora no son más que un cúmulo de grasa. Los asientos están remendados con esparadrapo y el resto del mobiliario, sin lugar a dudas, ha conocido tiemposmejores. Al otro lado de la barra, una camarera vestida con un delantal rosa y un cardado de tamaño descomunal se está limando las uñas. Gesto de cansancio. Ojeras y demasiado maquillaje. Nos ve acercarnos y sigue con la manicura. Johnnyse apoya en la barra y pide dos whiskys. Ella asiente en silencio. Se pone en pie con una pereza geológica y al rato nos trae dos vasos mal fregados y una botella.

—Servíos vosotros mismos —nos dice, antes de sentarse y seguir a lo suyo.

Obedecemos. Una primera ronda. Dos cigarrillos y un whisky doble. Ardor en las entrañas. Toses, acidez de estómago y ojos llorosos. Segunda ronda. El cuerpo ya se ha aclimatado a lo que le espera. El alcohol entra sin esfuerzos. Retomamos conversaciones interrumpidas en el camino y recordamos viejos tiempos. La niñez en un barrio humilde. El temor de los padres de Johnny a que se hiciera amigo mío y sufriera las consecuencias de una familia desestructurada como la mía. Gilipolleces así. Los adultos parece ser que no tenemos otra manera de pasar el rato que dedicarnos a remover la mierda pasada; como si el alimentar su mal olor nos diera vida.

Al poco rato, tres o cuatro cigarrillos y media botella de whisky después, nos quedamos en silencio. Ya nos hemos dicho todo cuanto teníamos que decirnos. Me siento cansado, pero el brillo en los ojos de Johnny me dice que la fiesta no ha hecho más que empezar. De cuando en cuando lanza miradas lascivas a la camarera. Ésta se limita a fumar mientras ojea una revista, sentada en el lugar más alejado que puede de nosotros.

El brillo metálico de una máquina de discos parece llamar la atención de mi amigo. Se pone en pie, tambaleándose. A trompicones logra acercarse y, para mi asombro, saca una moneda del bolsillo y es capaz de meterla en la ranura. Al instante una canción melosa y pesada retumba a nuestro alrededor. Él sonríe, satisfecho. Baila con una pareja imaginaria de un lado a otro de la cafetería. Siento lástima por él, la guerra le ha dejado más tocado de lo que pensaba. Habla en susurros, como contando secretos al aire que tiene frente a él. Pese a lo ridículo de la situación, he de reconocer que no es mal bailarín. Tiene estilo el muy cabrón. Si en vez de haberse ido a matar coreanos se le hubiera ocurrido visitar algún estudio de Hollywood habría llegado lejos.

La puerta de la cafetería se abre de par en par y entran dos parejas. Los tíos llevan el pelo encerado hacia atrás, con un discreto tupé y chaquetas de cuero; mientras que ellas con sus coletas de cola de caballo y sus vestidos a cuadros rojos y blancos parecen sacadas de un puto cuento para niños.

Los recién llegados miran a Johnny y uno de los guaperas dice algo por lo bajo. Los demás se ríen. Esto parece que va a empezar a torcerse de un momento a otro, pienso. Johnny, en cambio parece pasar de ellos. Sigue con sus bailes y sus movimientos pélvico-coitales. Yo me limito a fumar y apurar otro trago de whisky. Necesito estar lo suficientemente borracho como para ser valiente y plantar cara a Johnny en caso de que alguno de los recién llegados compre demasiadas papeletas en la rifa de hostias que parece que va a celebrarse en cuestión de minutos. La camarera también parece haberse dado cuenta del cambio de tornas. Una cosa es que dos tíos con aspecto de vagabundos o drogadictos se limiten a beberse una botella de whisky, mientras uno de ellos te mira con lujuria de cuando en cuando; y otra completamente distinta es que dos guaperas con el pelo grasiento y andares de hampones de tres al cuarto empiecen a tocar la polla a las personas equivocadas.

Finalmente la sangre no llega al río. Johnny sigue a lo suyo, a sus bailes y sus guiños pervertidos. Los guaperas están con sus chicas tomando un batido y unos refrescos. La camarera ha desaparecido para hacer más café en la cocina, y yo miró la botella medio vacía con ojos vidriosos y los antebrazos apoyados en la barra. La música sigue sonando. Los mismos temas comerciales una y otra vez. El tiempo va avanzando en el reloj de propaganda que cuelga junto a las puertas del baño. Hace largo rato que tendríamos que estar durmiendo, pienso. Me siento cansado y con el cuerpo dolorido. El consumo alcohólico ha alcanzado ese nivel en que la alegría y la efusividad dan paso a un estado de ensimismamiento en que los recuerdos y los fantasmas del pasado me atacan con saña. No me gusta demasiado estar así, pero mi acompañante tiene ganas de marcha y no me queda otra que joderme y aguantarme.

Como si acabara de leerme el pensamiento, Johnny se acerca a mí. Apoya una mano en mi espalda y me sonríe. Saca un cigarrillo del paquete de Lucky que tengo delante. Se lo enciende y me indica con el gesto que le ponga un poco de whisky. Dicho y hecho. Un trago, una calada y mirada de niño pícaro. Se sienta a mi lado. Su taburete chirría. Apoya los codos en la barra y hunde la cara en las palmas de las manos. Farfulla cosas incoherentes. Cuando me mira de nuevo, tiene los ojos rojos por el llanto contenido. La música ha enmudecido hace un rato. Lo único que se escucha es el sonido que hace la camarera en la cocina y las conversaciones de los otros cuatro clientes. Risas apagadas. Frases chistosas que no llegamos a escuchar al completo. Johnny que se pone en pie otra vez. Me pide un par de monedas. De nuevo las mismas canciones. Me traen recuerdos de los chicos que murieron allí, dice a modo de disculpa. Asiento en silencio. No conozco la guerra, pero de amigos y conocidos que se quedan en la cuneta con una bala en la cabeza sé bastante.

El grupo de cuatro guarda silencio, parecen estar concentrados en sus bebidas. Todo está en calma. Mi vejiga me dice que ha llegado el momento de bajar el nivel de líquidos que hay en mi cuerpo. Me acerco al baño. Dentro huele a orina y humedad. El espejo del lavabo está grasiento y alguien se ha dedicado a dibujar penes y anotar teléfonos de prostitutas. Elváter ha corrido la misma suerte. Mientras meo puedo leer los servicios que ofrecen WendyChinita-complaciente y Diosa-negra. Con el hilo musical que llega desde la máquina de discos la escena parece sacada de una película. De prontogritos y golpes. Mierda, pienso mientras salgo a toda prisa con la bragueta bajada. Uno de los guaperas parece estar discutiendo con Johnny. Me acerco para apaciguar los ánimos. No sé qué coño ha pasado ni porqué, pero hay una cosa clara: Johnny y yo vamos en el mismo lote. El otro guaperas se me acerca con cara de pocos amigos. Las chicas están de pie, junto a la puerta. Ojos como platos, el rostro desencajado y mandíbulas temblorosas.

—¿Qué ha pasado aquí? —pregunto, levantando las manos para invitar a la calma.

El que se me está acercando se envalentona. Por el rabillo del ojo veo a Johnny discutiendo a una distancia prudencial conel otro. Si hay suerte, salimos de esta sin tener que liarnos a hostias. Si no la hay, la camarera del cardado va a estar recogiendo pedazos de dientes durante dos semanas.

—Pasa —responde mi pareja de baile, señalándome con el dedo índice —que tu amigo es un pesado. Desde que hemos llegado está poniendo la misma puta canción una y otra vez, y le hemos dicho que cambiase de disco. Y se ha puesto chulo.

Ver para creer. Un tío que apesta a pasta, con el pelo peinado a lo James Dean y que para colmo me señala con el dedo en plan rufián amateur, me habla de chulería. Miro a la barra. La camarera me devuelve la mirada. El gesto serio. Su lenguajecorporal no deja lugar a la duda: no quiero follones aquí. Johnny, por su parte, sigue a lo suyo, a discutir a voz en grito. Ladistancia que le separaba del otro guaperas ha disminuido. Se mastica la tragedia. Es cuestión de tiempo que salte una chispa y la cafetería se convierta en un jodido infierno.

Empujón por parte del que tengo delante. Frases que tratan de resultar amenazadoras. Las tías que están en la puerta empiezan a gritar. Me empuja. Johnny hace lo propio y el repeinado que tiene delante recula un par de baldosas. Visto desde fuera, esto debe parecer una puta partida de ajedrez. Me toca mover ficha. Amago un movimiento. En la cabeza doscosas claras: no quiero jaleos y si esto se pasa de madre, la camarera llamará a la policía. Lo primero me la suda, el problema es lo segundo. Si vienen los de la placa, Johnny y yo vamos a tener problemas de verdad. Por muy excombatiente que sea mi compañero de viaje, no creo que pasen por alto los dos kilos de hierba que llevamos en el maletero. Trato de pensar deprisa. Buscar una solución rápida al problema, evitando en todo momento que la sangre llegue al río. El tío que tengo delante me vuelve a empujar, parece creer que estoy asustado y no pensativo.

— Vamos a dejarlo, todo ha sido un malentendido— digo tras respirar hondo un par de veces.

Mi idea no parece molarle. Sin mediar palabra me tira un directo al mentón. Mis dientes chocan entre sí. Castañeo dental y los ojos llorosos. Johnny no se lo piensa dos veces y se tira a por el otro. Lo he intentado, pienso, pero esto ha llegado demasiado lejos. Empieza el baile. Cierro los puños con fuerza y avanzo hacia mi agresor. Su chulería ha desaparecido. Elotro guaperas también da pasos hacia atrás. Las tías de la puerta chillan como unas histéricas y se largan. Saben muy bien que sus machos no van a salir muy bien parados, y al parecer no tienen ganas de quedarse a ver el final de la escena. Golpes. Cristales rotos. Una mesa rodando por el suelo. Taburetes que pierden el esparadrapo que los remienda y trozos de gomaespuma surcando el aire. Encajo dos golpes: estómago y mentón. Me están poniendo fino. El tercero lo logro esquivar. Johnny no parece estar en apuros. Es la hora de sacar la artillería pesada. Me agacho. Finjo estar medio noqueado. Miro a mi alrededor. A mi lado, sobre una baldosa blanca, un peine con mango metálico. El kit de los guaperas.Lo cojo. Otro golpe, éste en la espalda. Me quedo sin aire. Boqueo como un pez fuera del agua. Me incorporo. El otro se acerca. Reculo con una mano alzada. Él sonríe y da un paso más hacia mí. Ha mordido el anzuelo. Me incorporo a toda velocidad y le clavo el mango metálico del peine en la cara cinco veces. Los ojos, la garganta y el cuello. Tejidos blandos.Sangre empapando mis manos. Al primer pinchotazo ha dejado de moverse, pero yo sigo. Si mis conocimientos sobre leyes no están muy desfasados, si ya está muerto por mucho que le pinche no hay ensañamiento. La camarera avisa: acabade llamar a la poli. Mierda, tenemos que terminar deprisa y salir cagando leches. A Johnny, en cambio, parece no importarle. Se dedica a bailar alrededor del guaperas que queda en pie y lanzarle algún que otro directo. Hay prisa. Me acerco. El otro ve lo que acaba de pasar. Se lleva las manos a la espalda. Mira por la ventana. Ni rastro de las tías. Escupe un cuajaron de sangre y saca un revólver. Esto cambia las cosas. Me paro. El peine al suelo y las manos en alto. Johnny no. Al contrario. Se enciende. Parece un jodido perro de presa que ha olido sangre. Se acerca más. Un disparo. Al techo. Trozos de yeso cayendo. La camarera gritando. Johnny que se acerca más. El brazo de la pistola que tiembla. Vamos Johnny, déjalo tío, vámonos, digo. Ni puto caso. Un paso más. El del arma recula un poco, hasta llegar junto a la máquina de discos. Está encerrado. No tiene escapatoria. O baja el arma, o es hombre muerto. Parece saberlo, pero no da síntomas de dar su brazo a torcer. Otro disparo al aire. Más cascotes. Un nuevo grito de la camarera. Desde el motel nadie parece preocuparse por lo que esté pasando a escasos metros de sus ventanas. Trato de sacarle de allí. El guaperas se está comportando como un animal acorralado y eso no es bueno.

Las cuatro balas que quedan en el tambor salen una tras otra a toda velocidad. Pum, pum. La cara de Johnny desaparece del mapa. Al tercer disparo respondo y me abalanzo sobre él. Caemos juntos y rodamos por el suelo. Nos clavamos trozosde techo y cristales en la espalda. Al fin nos detenemos junto a la barra. Le quito el arma. Sin munición que le defienda ya no parece tan gallito. Agarro el revólver por el cañón. Me quemo la mano, pero me la suda. Me lío a culatazos con él. Su rostro se va trasformando en una masa sanguinolenta. Tiene la nariz echa una mierda. Escupe sangre y tiene los dos ojos cerrados. Le dejo en el suelo gimoteando y me acerco a Johnny, o lo que queda él. Todo ha sucedido demasiado rápido. La camarera nos mira con la boca abierta. Actúo como un jodido autómata. No puedo hacer nada por mi amigo, a no ser que algún adelanto médico permita a un hombre vivir sin cabeza. Cuatro balas del 38 a quemarropa suelen ser incompatibles con la vida. Me agacho junto a su cuerpo. Está irreconocible. Un cadáver que nadie podrá identificar. Del bolsillo delantero saco las llaves del coche y del trasero la cartera. La abro. Fotos de compañeros de Corea, tickets de aparcamiento y bastantes billetes. Los saco. Los dejo en la barra. A ojo, más de trescientos pavos. La camarera mira el dinero, luego a mí. Me acerco a la puerta, la abro y me detengo.

—Por las molestias —digo, señalando la pasta y me piro de allí.

Una vez en el coche me doy cuenta de algo que hasta entonces no se me había pasado por la cabeza: estoy metido en un buen lío. Hay que poner tierra de por medio. Arranco y salgo de allí quemando ruedas. En el asiento del copiloto la cartera de Johnny abierta. Su permiso de conducir. Su fotografía. Mi reflejo en el retrovisor. Una salida a un área de descanso. El coche parado a la sombra de un toldo de lona. Mi nueva identidad. Una fotografía que desaparece y es sustituida por la mía. Un hoyo para hacer barbacoas. Gasolina y las pertenencias del viejo Johnny en llamas. Olor a quemado. El horizonte teñido en color naranja. Un porro de marihuana en el asiento trasero. Humo denso a mi alrededor. Felicidad. Mi cara en los documentos personales de Johnny. Mi reflejo en el retrovisor. Una última calada. Un trabajo excelente. Tiro la colilla por la ventanilla. Salgo del coche. Estiro las piernas. Me siento algo aturdido. Vuelvo a montarme. Arranco. Mi viejo yo ha muerto. El sol del atardecer se proyecta ante mí como un óvulo gigante al otro lado dela carretera, y yo me limito a conducir hacia él, dispuesto a fecundarlo y vivir la nueva vida que Johnny me brinda.

—¡A tu salud amigo! —grito, sacando de la guantera una petaca mientras vuelvo a pensar en lo irónica que resulta esta puta vida. Un héroe de guerra muerto en un bar de carretera y un hijo de puta reincidente como yo, vivito y coleando y con dos kilos de hierba que vender y con los que empezar una nueva vida al otro lado de la frontera.

Francamente, me siento un tipo con suerte. Esperemos que la racha dure lo suficiente como para pulirme el dinero y disfrutarlo. Lo que pase después, ya se verá.

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