10 de agosto de 1961

Berlín Este. Media mañana. Ningún medio oficial ha cubierto los asesinatos de la noche anterior. La vida sigue su curso. La ciudad sabe guardar sus secretos y seguir mostrando al mundo una cara surcada por puestos fronterizos, zonas militarizadas y vehículos camuflados de la policía a modo de cicatrices en el rostro ajado de una anciana, a la que el paso de los años han ido borrando la belleza exuberante de su juventud y de la cual ya no queda otra cosa que el recuerdo. Una época pasada y diluida en su memoria mientras el paso del tiempo sigue desgranando los días. La gente nace, crece, se reproduce y muere; en tanto que los calendarios caducados vuelven a dar una nueva oportunidad cada veintiocho años a las nuevas generaciones, silenciando la vergüenza del pasado cuando un treinta de enero el presidente Paul von Hinderburg nombró a Adolf Hitler Canciller y la democracia fue aniquilada en los prolegómenos de un Holocausto cuyos fantasmas aún revolotean en el horizonte.

Ajena a todo esto, sumida en sus propios pensamientos, una mujer observa pasar a la gente a través de los cristales del establecimiento, la Marx-Engles Blumen für die Liebe. Se trata de un lugar icónico, casi romántico, erigido sobre los restos de una librería arrasada por la guerra y en la que, de manera simbólica, lleva diez años vendiendo flores y plantas. 

Hace pocos minutos que acaba de salir su último cliente, un hombre joven, con mirada de enamorado, que se ha llevado una docena de claveles. El olor de su perfume aún flota en el ambiente húmedo, entremezclándose con el aroma propio de la vegetación que cuelga de las vigas del techo en maceteros metálicos y las mesas de exposición cubiertas de tulipanes, gardenias, dalias y dientes de león.

Su única compañía la constituye un loro encerrado en una jaula metálica y que de cuando en cuando la sobresalta con su voz áspera de ecos metálicos, antes de volver a callar mientras se agarra a los barrotes e intenta desplegar sus alas.

El tintineo de la campanilla de la puerta le hace levantar la mirada para encontrarse cara a cara con dos hombres que miran a su alrededor fingiendo interés por las plantas que los rodean. Uno de ellos es alto y delgado, con un traje de negro de tres piezas y una mirada fría, carente de brillo. El otro, por su parte, es algo más bajo y ancho de hombros que su acompañante. Como él, también viste de negro, si bien su ropa está arrugada y su cara muestra síntomas de cansancio, como si acabara de llegar de un largo viaje sin tiempo si quiera de lavarse la cara.

Alarmada, trata de guardar la compostura mientras abre con disimulo el cajón que tiene a su derecha, bajo el mostrador, donde guarda un revólver del calibre 22.

Como si acabara de leerle el pensamiento, el más alto da un paso al frente al mismo tiempo que su acompañante se dirige hacia la puerta para hacer saber a cualquier cliente eventual que mejor haría en pasarse por allí más adelante.

—Buenos días, señora —dice, poniendo las manos sobre el mostrador, con una voz cargada de un fuerte acento extranjero que no es capaz de identificar—. No sé si mi compañero y yo nos hemos equivocado de establecimiento o no… Tenemos un ejemplar único en el mundo de paloma mensajera y…

La frase queda suspendida en el aire. Paloma mensajera. Las palabras de seguridad para hacerle saber que Christin von Hoffen y todo cuanto la rodea van a dejar de existir en pocas horas. La señal acordada con su enlace en el servicio secreto y que tantas veces ha protagonizado sus pesadillas. Y que retumba en sus tímpanos. Un disparo a quemarropa. Una ruptura con la vida plácida que lleva. Una tienda en pleno centro de la ciudad. El contacto con sus vecinos y la compañía del loro que observa con curiosidad al hombre que sigue hablando pero que ella ha dejado de escuchar. El calor de la diminuta casa que con el paso de los años ha acabado por considerar un cálido hogar donde la soledad de los primeros días, poco a poco se fue diluyendo entre esas paredes pintadas en color crema y unos muebles que habían resistido las inclemencias de la guerra y la intemperie, y que ella misma lijó y barnizó en un intento de silenciar la ansiedad que por aquel entonces se había adueñado de ella.

—Tómese su tiempo, tiene un día para dejar todo preparado —sigue diciendo—. Nosotros nos encargaremos de todo lo demás.

Dicho esto, después de mirar varias veces a través de los ventanales y comprobar que su compañero sigue vigilando en la entrada, deja un sobre de papel de Manila lacrado sobre el mostrador y se marcha sin añadir nada más.

Christin von Hoffen mira el sello de lacre, dudando entre abrirlo allí mismo o guardarlo y descubrir su contenido en casa. Un leve temblor de ha adueñado de su barbilla y una lágrima gruesa recorre su mejilla izquierda. Demasiados conocidos han recibido sobres similares y han sido devorados por el olvido. Meros nombres impresos en informes abandonados en los archivos del MI-5 siendo sepultados por el polvo y el paso del tiempo.

Al fin, una vez que logra controlarse, escribe una nota apresurada con un escueto «vuelvo en dos horas. Disculpen las molestias». A continuación, armándose de valor, abre la jaula y musitando un lo siento, rompe el cuello al loro. El chasquido de sus vértebras diminutas se le antoja aterrador cuando giran noventa grados y la cabeza del animal cae hacia un lado. Sin permitirse mirar atrás, como tratando de borrar cualquier recuerdo que pudiera ser un lastre en su misión, sale a la calle. Cuelga el letrero en la puerta y cierra con llave. Sabe que nunca volverá a ese refugio en el que se ha sentido a salvo durante años. Cierra los ojos y asiente con tristeza antes de echar a andar por las mismas calles que nunca más volverán a verla, al menos con la falsa identidad con la que la conocieron.

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