10 de agosto de 1961

Berlín Oeste. Media mañana. La lluvia golpea con fuerza los cristales y al cuarto tono del teléfono, Stephan Meyer se despierta sobresaltado. Aún sigue borracho de la noche anterior y todo le da vueltas. La habitación está bañada por un tono mortecino, reflejo de la mañana gris y lluviosa en la que un sol brumoso y líquido se esconde tras las nubes, con la que el día ha amanecido.

Todo le da vueltas y siente la náusea anclada en la garganta a medida que se incorpora con paso tembloroso al teléfono. El suelo está frío y su cuerpo desnudo se estremece a cada paso que da al salir de la habitación y avanzar a tientas por el estrecho pasillo. Reina un silencio violento, roto a cada timbrazo.

—Dígame —responde al fin, llevándose un cigarrillo a la boca.

Al otro lado de la línea se escucha una respiración pausada, cansada. La de alguien que porta malas noticias y parece dudar en la manera de transmitirlas. Stephan cierra los ojos, masajeándose los párpados con la mano que sostiene el cigarrillo. Las escenas de la noche anterior se proyectan en su memoria como los cristales de un vaso que acabara de estallar contra el suelo. Conversaciones. Risas. Humo. Alcohol, mucho alcohol. Mujeres atractivas rellenando las copas, agradeciendo cada propina antes de salir del reservado. Cuatro hombres compartiendo mesa y confidencias con él. La tapadera de un escritor vanguardista, disidente de la zona este de la ciudad manteniéndose a flote. Los otros, dos estudiantes, un artista abstracto y un banquero demasiado amigo de llenarse los bolsillos con el dinero ajeno, debatiendo sobre la manera de derrocar a la RDA mientras el whisky de importación les espoleaba la lengua. Contactos con viejos SS reconvertidos en ciudadanos ejemplares una vez que el III Reich pasó a la historia y solo había dos alternativas: cruzar el océano y retirarse a un destino paradisiaco con playas de arenas blancas y aguas turquesa, dejando pasar los años entre cócteles y recuerdos de los tiempos dorados de su juventud. O, por el contrario, utilizar los aparatos de un régimen que agonizaba mientras la pinza de los aliados se iba estrechando cada día más, para quemar hojas de servicio y crear nuevas identidades. Hombres dispuestos a volver a vestirse el uniforme y dirigir la ofensiva final. Economistas que habían dirigido el milagro económico. Altos cargos de la Royal Air Force deseosos de aliviar el stock de armamento de guerra preparados para hacer desaparecer un camión cargado de armas y munición. Dobles agentes que intercambiaban información en el arcén de una carretera desierta a altas horas de la madrugada…

El cuento de siempre, piensa en tanto que la espera se le empieza a tornar insoportable. El cuento de siempre. Pavos reales luciendo sus plumas de cara a la galería. Contactos, amistades y los consabidos sé de buena tinta que, mis fuentes me han hablado de o hay un destacamento de soldados de la RDA que nos facilitarían la entrada en su sector… Palabras empapadas en alcohol y tabaco que no eran más que eso. Palabras que se repetían en cada reunión sin que aportaran nada que no fuera delirios de grandeza en aquellos que las pronunciaban y se convertían en la simiente para que las mentiras de sus oyentes intentaran estar a la altura, habiendo noches que al despuntar el sol y cerrarse el bar, todos y cada uno de los presentes había incrementando el cargo de sus supuestas fuentes y contactos, hasta el punto de que de ser cierto todo cuanto se había dicho, la RDA estaba poblada —desde el ciudadano más anodino y anónimo hasta la élite política, pasando por todos los estamentos del ejército y la Stasi—, de elementos disidentes dispuestos a dar un golpe de fuerza y establecer un nuevo orden geopolítico.

—Dígame —repite al fin.

—Señor Meyer, le llamo del concesionario. El vehículo por el que nos preguntó hace unas semanas al fin está disponible. ¿Sigue interesado?

Con cierto nerviosismo suspira, dejando caer el cigarrillo en el vaso atestado de colillas.

—Claro, claro que sigo interesado. ¿Cuándo podría ir a verlo?

El diálogo fluye hasta que llega el momento de despedirse. Stephan anota a toda prisa una dirección en la libreta que hay junto al teléfono y cuelga. Sabe lo que está por venir. El momento de dejar las bravuconadas de taberna y presionar a sus camaradas para que den un paso al frente y pasen de la teoría a la práctica. De las palabras a los hechos. De demostrar que tanto compromiso con la causa es cierto y mientras tanto, seguir escribiendo informes manuscritos con todo cuanto vea y oiga. Su labor de informante de la RDA ha dado un giro y es el momento de hacer que empiecen a rodar cabezas. Tanto esfuerzo y autocontrol al fin empiezan a dar su frutos.

Andando de puntillas entra en la cocina y se sirve una taza de café. El líquido está frío y su sabor amargo hace que vuelva a sentir náuseas. Enciende otro cigarrillo, dejándose caer con pesadez en un taburete junto a la encimera y fuma en silencio. Calibrando quién puede ser el eslabón más débil de la cadena. El primer elemento a exprimir y hacer desaparecer sin que el resto sospeche nada. Una grave tragedia, camaradas. Nos tendieron una emboscada y yo salí de allí de milagro. Lo único que nos queda es seguir la lucha y homenajear el sacrificio de tantos compañeros que han pagado con la cárcel o la muerte tantas fatigas… 

Apura el café y deja caer el cigarrillo en el interior de la taza mirando a su alrededor. La suciedad le rodea. Los platos sucios y  cuajados de manchas resecas. Los vasos con cercos café y el fregadero atestado de sartenes y ollas. Esboza una sonrisa de satisfacción. A fin de cuentas eso forma parte de la puesta en escena de su personaje: Stephan Meyer, un escritor bohemio que duerme en una casa diminuta mientras pasa las horas a la caza de unas musas esquivas, sentado a la barra de cualquier bar en el que aún le fíen la consumición y lamentándose de su mala suerte literaria ante cualquiera que tenga tiempo y ganas de escuchar sus llantos.

Sintiendo cómo el suelo aún parece temblar bajo sus pies, sale de la cocina rumbo a la habitación. Las órdenes recibidas le han barrido en parte los vapores etílicos que embotaban su mente y sus sentidos, pero antes de ponerse a trabajar necesita descabezar un sueño de un par de horas. 

Después, con las ideas claras y el cuerpo descansado, su misión echará a rodar y pronto su primera víctima dejará de hablar con ademanes y gestos petulantes, para acabar suplicando entre sollozos que un alma caritativa acabe con su suplicio deserrajándole un tiro en la cabeza en mitad de un interrogatorio brutal.

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