10 de agosto de 1961

Berlín Este. Media tarde. La mujer que está a punto de morir pasea con aire distraído y la mente ocupada en pensamientos que nada tienen que ver con su inminente futuro. La arboleda está a escasos metros del paraíso mandado construir por las altas élites de la RDA, cercado por altos muros que evitan miradas indiscretas y una legión de uniformes que disuade al curioso a acercarse más de lo conveniente. La temperatura es agradable, sopla una leve brisa cargada de humedad y el trino de los pájaros parece transportarla a un lugar lejano. 

Su nombre es Martina Fischer. De aficiones solitarias y poco dada a relacionarse con sus vecinos. De hecho, sin familia ni vínculos emocionales que le aten a nada ni nadie, suele emplear sus horas libres en caminar, leer a la sombra de los árboles y ver llover al otro lado del ventanal de su apartamento sin otra compañía que una taza de té humeante entre las manos y el silencio que siempre le acompaña. 

De ser preguntados, sus vecinos la describirían como alguien silencioso. De mirada tranquila que, de muy de vez en cuando, suele brillar al reconocer un rostro conocido entre la muchedumbre en la cola del mercado. Pero poco más podrían decir de ella. No encaja en el perfil de los confidentes de la Stasi, siempre atentos a cualquier atisbo de corrupción en cuanto les rodea. Ni en el del disidente atemorizado que evita relacionarse con nadie que no sea miembro de confianza de su célula revolucionaria por miedo a las delaciones. Y tampoco en el de las personas ajenas a todo aquello que no sea trabajar para llenar el puchero y poder comer todos los días, brindar a sus hijos una educación y una infancia que ellos, como consecuencia del nazismo y la guerra no pudieron disfrutar y ver pasar los días hasta la hora de morir. 

A lo sumo, todo cuando podría decir de Martina Fischer es que era alguien distinto. Solo eso. Un ave libre al que ni la represión estatal ni los aires revolucionarios que surcan el mundo prometiendo utopías y justicias sociales difíciles de alcanzar, pudieron enjaular. 

Y esta sería a la larga la razón por la que los dos hombres que están en el interior de un Trabant aparcado a un lado del camino se fijaran en ella. Alguien con un perfil idóneo para realizar el encargo que han recibido hace pocas horas, bastante tiempo después de que dieran con ella y empezaran el seguimiento. 

De hecho, como suele pasar con todo aquello que acaba por ser importante en la vida, todo sucedió de manera fortuita, sin premeditación alguna. El hombre que está sentado al volante, con un cigarrillo apagado en los labios, había recibido órdenes de sus superiores del servicio secreto británico para tratar de localizar el búnker construido a orillas del lago ante el cual están aparcados, y cuyas aguas reflejan la luz del sol, ajenas a lo que está por suceder. Fue un encontronazo. Dos personas solitarias en un lugar silencioso. Los dos se miraron. Ella agachó la mirada y apretó el paso, desapareciendo de allí con la confianza que da conocer los caminos y senderos por los que se metía. Él, en cambio, permaneció quieto, al acecho. Un cazador que acababa de ver a su próxima presa. Pasó días agazapado entre la maleza, a una distancia prudencial, viéndola pasar a diario. Hasta que, como suele pasar en situaciones similares, llegó a establecer cierto vínculo con ella. Podía deducir su estado anímico por la manera en que caminaba o por la manera en que se detenía y observaba las copas de los árboles, como si buscara un pedazo de cielo en el que encontrar una esperanza a aquello que le atenazaba por dentro.

Hasta que llegó el día D. Ahí, todo vínculo desapareció. Estaba junto a su compañero en una cafetería. Los dos sentados en mesas separadas varios metros a ambos lados de la entrada al local. Él, a la derecha de la puerta, fingía leer el periódico, y el otro se mostraba absorto en la tarea de dar cuerda a su reloj. El enlace entró, sosteniendo un paquete de tabaco con la mano derecha, indicando quién debía recoger el mensaje que iba a dejar oculto en el retrete debajo de una baldosa de la pared anteriormente acondicionada

Y así fue. Veinte minutos más tarde, entró. Pagó su consumición. Habló de cosas banales con el camarero, un tipo arisco y poco amigo de la palabrería; asegurándose de esta manera una coartada más que satisfactoria. De ser preguntado por él, el dueño del establecimiento recordaría aquella conversación sobre el clima y la infección de orina que parecía amargar la existencia a su cliente. Nada reseñable que hiciera sospechar a los sabuesos de la Stasi.

Una vez dentro, todo transcurrió con la soltura esperada. Unos resoplidos fingiendo un escozor inhumano mientras leía la nota antes de quemarla y dejar caer las cenizas a la taza, tirando de la cadena para borrar cualquier prueba. Un cigarrillo para ahogar el olor a quemado y vuelta a la calle para emprender una espera larga antes de reunirse con su compañero y hacerle saber que había llegado la hora de borrar cualquier prueba de su existencia y pasar a la reserva después de hacer un último encargo. Era hora de que otros agentes encubiertos salieran a escena mientras ellos eran engullidos por el anonimato y disfrutaban de unas merecidas vacaciones.

—Ya viene —anuncia su compañero, haciéndole volver al presente.

Después de parpadear como si acabara de despertar de un profundo sueño, el hombre que ocupa el asiento del conductor mira hacia donde le señala su compañero. Efectivamente, allí está ella. Como de costumbre, camina con los brazos extendidos, acariciando la hierba alta que crece a los lados del camino. Están a una distancia prudencial de oídos indiscretos y patrullas. El lugar es perfecto para lo que en teoría no debe ser más que un último servicio rutinario. Bajar del vehículo, golpear a su víctima por la espalda, en la base del cráneo, para hacerla perder el conocimiento antes de meter el cuerpo en la parte trasera del vehículo envuelto en mantas y desaparecer de allí en cuestión de minutos. Una operación más en la que la desaparición de una persona permite establecer un agente en un lugar concreto y donde la ausencia de amistades y familiares permite que los pasos del recién llegado estén libres de cortapisas y riesgos innecesarios, como que un conocido decida hacer una visita y se encuentre con un apartamento vacío y nadie pueda responder a sus preguntas sobre el paradero del inquilino.

Con lo que ninguno de los dos cuenta es que a veces la cosas rutinarias son aquellas en la que es más fácil cometer un error fatal. Y así será. Una vez engullido por las aguas el cadáver y con las llaves del piso de Martina Fischer en su poder, a la hora de salir de allí el ladrido de un perro demasiado cerca, seguido de las voces de varios hombres, será la causa de que no caigan en la cuenta de que las lluvias de las noches anteriores han convertido el lugar en el que han aparcado en un barrizal en el que la huella de los neumáticos constituirá una pista, ni tampoco que entre los gritos del copiloto incitándole a salir de allí a toda prisa, ninguno de los dos escuchará el crujido de la carrocería al rasparse contra el tronco de un árbol.

Dos fallos dignos de principiantes que antes o después harán que un buen ciudadano avise a las autoridades cuando alguien lleve a su taller mecánico un Trabant 500 de color negro con los bajos cubiertos de barro y una puerta raspada con restos de madera incrustada en la carrocería.

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