11 de agosto de 1961

Berlín Este. El día ha amanecido despejado. Las terrazas de las cafeterías están repletas de gente ociosa disfrutando de un sol que calienta las calles mientras los camareros se afanan en las comandas y recoger las mesas que acaban de quedar vacías. Una de las cuales es ocupada aun antes de que se retire el pedido del cliente anterior. El hombre que acaba de sentarse parece agotado tras un largo viaje. En su mano lleva un ejemplar del Neves Deutschland. El pulso le tiembla levemente mientras lee por enésima vez la noticia. El día anterior, al caer la noche, la icónica floristería Marx-Engles Blumen für die Liebe ha sido pasto de las llamas por causas aún por esclarecer.

—¿Qué desea tomar? — pregunta el camarero pasando una bayeta sucia sobre la mesa.

Tras dudarlo unos instantes que se le antojan eternos, descarta la idea de pedir una copa de schnaps. Quizá sería la mejor opción para templar los nervios ante lo que sabe que está por pasar, pero también sabe que la noticia ha pasado la censura y la gente de la Stasi se ha guardado demasiados ases en la manga como para encontrar cualquier elemento incriminatorio en todo aquel que presente un comportamiento sospechoso de cara a las autoridades o sus ojos que a estas horas deben de estar memorizando cada rostro y gesto en cuantas caras encuentran a su paso.

—Un té, por favor —responde al fin, tras mirar a su alrededor.

Contiene un suspiro de satisfacción cuando el camarero entra en el local y comprueba que, aparentemente, nadie parece haberse fijado en él. Hecho esto, enciende un cigarrillo y continúa leyendo la noticia en busca de un mensaje oculto entre la descripción de los hechos. Un supuesto problema eléctrico constituye una de las hipótesis centrales que se barajan en el marco de la investigación. Lamentablemente, más allá de la causa de este terrible suceso hemos de lamentar la muerte de nuestra conciudadana Christin von Hoffen. Mujer soltera cuya pasión eran las plantas y flores que vendía en el establecimiento desde finales de 1945 con la única intención de arrojar esperanza a sus compatriotas. Entrevistada por este mismo periódico el pasado año como consecuencia de los quince años de apertura del negocio, en un claro ejemplo de superación y lucha contra las secuelas que la guerra había dejado en medio mundo, confesó a este mismo periodista que sus flores y plantas trataban de constituir un ejemplo a la humanidad. Porque de la misma manera que sus primeras flores habían crecido entre los escombros de una ciudad destruida por la barbarie humana, la esperanza de las personas tenía que crecer y florecer en un nuevo orden mundial como el que se está desarrollando en esta Nueva Alemania.

La noticia se cierra con una fotografía de la floristería reducida a cenizas, entre las cuales se intuyen las formas de un cuerpo calcinado. 

Aquí tiene su té, caballero —dice el camarero, obligándole a echar a apartar a un lado el periódico —. Una desgracia lo de esa pobre mujer —continúa al ver la noticia —. Yo compraba flores allí a mi mujer cuando éramos novios… ¡Cómo pasa el tiempo!

Algo en sus oídos, entrenados a detectar aquello que a otros se les pasaría por alto, le hace entablar conversación con el hombre que mira a su alrededor, a la espera del reclamo de algún cliente.

—Una verdadera tragedia, sí. El tendido eléctrico en esta ciudad está muy deteriorado…

—Y tanto. La labor de los agentes a sueldo de occidente es aberrante en esta parte de la ciudad —al decir esto, apoya las manos en el tablero de la mesa y se acerca a él, con aire confidencial—. Raro es el día que las autoridades no detienen a alguien… Y mucho me temo que lo de la floristería ha sido obra de alguno de esos agentes encubiertos. Es un ataque a la esencia de nuestra sociedad. Un golpe de efecto, como si nos quisieran decir que al igual que esa pobre mujer ha sido pasto de las llamas junto a sus sueños e ilusiones, cualquiera de nosotros podría ser el siguiente…

Deja la frase en el aire y sus ojos brillan con la determinación del fanático.

—Es como la otra noticia, la que sale en una columna diminuta de la sección de sucesos. La que habla de las rodadas que han encontrado cerca del lago de Wandlitz. Está ahí, es un hecho… ¿Quién anda por esa zona? Nadie. Eso es obra de espías enemigos.

Sintiendo la necesidad de abrir el periódico y encontrar la noticia, el hombre intenta desembarazarse del camarero. No la ha visto y no sabe a qué refiere. 

—Mire, mire. En esta página —le ataja, como si acabara de leerle el pensamiento—. No le molesto más.

Una vez a solas, observa la columna inferior derecha de la segunda página del periódico. Ahí está. Pocas líneas, apenas tres en las que se habla del extraño suceso acaecido cerca de la residencia privada de los dirigentes de la RDA. Las huellas de los neumáticos de un vehículo que, si bien el diario muestra como algo anecdótico, no le cabe la menor duda de que no es más que un señuelo para que alguien denuncie algún comportamiento sospechoso. 

Nervioso, cierra los ojos. Dos sucesos independientes. Un incendio y las rodadas de un coche en un una zona restringida. Algo que podría constituir dos piezas del mismo puzzle o simplemente ser una mera casualidad. Pero con los años que lleva de servicio, hace tiempo que dejó de creer en milagros y casualidades. Ahí hay gato encerrado. Todo parece orquestado por una mano invisible, un montaje en el que, al menos, uno de los actores ha cometido un fallo garrafal y su trabajo consiste en subsanar esos fallos. Un apuntador que susurra el inicio de una escena al actor en mitad de una representación, aunque en este caso su labor es de mayor importancia. Hay demasiado en juego.

Satisfecho, después de apurar el té de dos tragos y pagar la consumición en la barra, empieza a caminar en dirección a los restos calcinados de la floristería. Hay algo que la prensa no sabe acerca de Christin von Hoffen y que puede constituir el principio del fin de todo lo que está por pasar. 

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