La atmósfera dentro del salón resulta sofocante. Las cortinas cerradas bañan en penumbra la habitación, y el vapor que escapa del cuarto de baño hace que el aire este cargado de humedad. 

Ajena a todo esto, Christin von Hoffen permanece sentada en una butaca con las piernas cruzadas fumando un cigarrillo. El sabor áspero y amargo del tabaco le produce náuseas, pero es uno de los cambios que su nueva identidad le obliga a realizar. Primero ha sido tener que teñirse el pelo de un color más claro y cortarse frente al espejo la melena, tratando de que su aspecto se pareciera al de la fotografía que lleva más horas de las que es capaz de recordar estudiando. La misma fotografía que venía sujeta por una pinza metálica al dossier que marca el guión de su nueva vida. Una existencia calculada al milímetro por sus superiores. Un trasfondo que ha memorizado hasta acabar creyendo que constituye su verdadero pasado. Huérfana desde el año 44, cuando un bombardeo de la RAF barrió por completo la parte de la ciudad en la que había vivido en lo que consideraba su hogar. Una persona solitaria y silenciosa. Sus únicas aficiones las constituyen los paseos eternos que realiza por la zona Este de Berlín, algo que de cara a la misión que le ha sido encomendada constituye un trabajo de campo excepcional. Sin pareja ni amigos conocidos. Alguien anónimo entre el mar de confidentes y delatores que anidan en todos los estamentos de la ciudad. Alguien, a fin de cuentas, que no existe más allá de la documentación que porta y que, llegado el caso, dejará de existir. Ya sea porque la operación se culmina con éxito o es descubierta y eliminada antes de ser enterrada sin nadie que malgaste su tiempo en llevarle flores a la tumba o se encargue de limpiar los excrementos de pájaro que salpiquen su lápida.

Dejando caer la ceniza en una taza vacía, se inclina hacia adelante para recoger la carpeta con la documentación una vez más. El humo hace que se sienta mareada al moverse y mira el cigarrillo con asco. Nunca antes ha fumado y espera que su cuerpo se acostumbre pronto y el mal sabor que le inunda la boca pase a formar parte de ella. De la misma manera que en su anterior tapadera aprendió a convivir con ese maldito loro que le crispaba los nervios y el olor dulzón de las flores mientras fingía interés en todo cuanto sus clientes le contaban. Una fuente eterna de chismes, infidelidades y confesiones que sus superiores recibían de buena gana una vez que ella había cribado lo banal de lo potencialmente interesante. Como aquella vez que un joven con sueños revolucionarios le pagó para que durante un año su pareja recibiera cada mañana un clavel. Aquello era extraño y supo cómo ganarse la confianza del joven. A fin de cuentas, por muy idealista que sea uno, antes o después la incertidumbre y el miedo hacen mella en las convicciones que marcan su día a día, y después de invitarlo a té en la floristería logró que el muchacho se deshiciera entre lágrimas, confesándole que formaba parte de una organización clandestina que iba a infiltrarse en la RFA con el fin de desestabilizar su economía mediante la inyección de dinero falso. Una operación de gran envergadura que bien podía acabar con él y sus compañeros (como finalmente ocurriría) en la cárcel. 

Una vez que consiguió esta información, solo fue cuestión de ponerla en manos de sus enlaces con el servicio secreto británico y dejar que la rueda del destino siguiera rodando. Tan pronto como las autoridades de la zona Oeste de Berlín empezaron a descubrir billetes falsos, ella recibió una llamada. Necesitaban saber la dirección de la mujer que, en una muestra de amor más allá de las exigencias que la lucha por la emancipación de la clase trabajadora requieren, recibía cada mañana una flor de un amor condenado al fracaso. Y eso hizo. Cumplir con su deber, dejando a un lado sus emociones, y la joven fue enviada al teatro de operaciones de su amado y el muchacho cayó en la trampa. Nunca supo cómo ni porqué, pero los británicos lograron hacerle llegar información sobre el inminente futuro de su pareja y él, idealista y romántico, acabó por cometer errores que tiraron por tierra tanto la operación como la infraestructura que habían logrado desarrollar.

Más tarde. 

Después de comer parte de las reservas que su enlace ha dejado en la casa antes de su llegada, se siente cansada. Sigue envuelta en una toalla húmeda que le hace sentir frío. Estremeciéndose, sale del salón en dirección a la que va a ser su nueva habitación. Mire donde mire, todo es anodino e impersonal. Paredes pintadas en colores claros, con marcas dejadas por el paso de otros hombres y mujeres anónimos cuya única impronta entre esos muros son las rozaduras que dejaron en la pintura al mover un mueble o el cerco de grasa que hay junto a la almohada de la cama. No hay ningún concesión que se aleje de lo práctico. Un mobiliario que se reduce a una mesa en la cocina y una silla metálica. Una butaca en el salón y una estantería vacía, cubierta de polvo. Un dormitorio con una cama vieja y un armario. El cuarto de baño lo constituyen un plato de ducha, un lavabo y una letrina con manchas en su interior que nadie se ha molestado en limpiar en años. La funcionalidad llevada al extremo.

A juego con su nuevo hogar, su vestuario es reducido. De hecho, ni se ha molestado en deshacer la maleta que con precaución sacó de su antigua casa antes de que la floristería fuera pasto de las llamas. La abre y coge un vestido oscuro, dejando caer la toalla que le cubre el cuerpo. 

Al hacerlo, no puede evitar apartar la mirada del tatuaje de su brazo derecho. La tinta está deslucida, no así el recuerdo. Esos números encerraban su existencia entre las alambradas de espino y los barracones donde los judíos y demás enemigos del ideario nazi eran condenados a trabajar hasta la extenuación o ser seleccionados para su ejecución por parte de las autoridades, lo que antes sucediera.

De manera inconsciente lo acaricia. El nombre y los apellidos que un funcionario de las SS apuntó en el registro hace tiempo que dejaron de existir. Desde entonces ha tenido otros nombres y otras identidades. Lo único que ha permanecido en su interior de aquella época es el odio que siente.

Respira hondo, tratando de controlar sus emociones y las lágrimas. Sigue vistiéndose, y tras alisar las arrugas de la ropa, coge la poca documentación que conserva de Christin von Hoffen antes de encerrarse en el cuarto de baño y quemarla. Es hora de romper con todo su pasado y trabajar en la nueva identidad que le ha sido asignada mientras espera recibir nuevas indicaciones de los pasos a seguir.

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