9 de agosto de 1961

Media noche. En las cercanías del hotel Engels en las afueras de Berlín Este.

Dentro de un coche alquilado, un hombre observa por el retrovisor la calle desierta. Se siente incómodo y excitado mientras acaricia el volante con aire ausente. La espera se está haciendo eterna y trata de amenizarla sacando un paquete de John Player de la guantera. Las primeras caladas hacen que le pique la punta de la lengua y el humo le obliga entrecerrar los ojos. Cansado, se pasa una mano por la cara sintiendo la piel grasienta y sucia. Hace dos horas que su enlace tenía que haber salido del hotel y juntos deberían de haber cruzado a la zona occidental hace rato. Hay demasiados intereses en juego y que el minutero del reloj se vaya acercando cada vez más a la hora de eyección de la zona, solo hace que sus nervios se tensen cada vez más.

Da otra calada honda, dejando que el humo le inunde el pecho y lo retiene unos segundos sintiendo cómo corazón le martillea los tímpanos. Tiene las palmas de las manos húmedas y la camisa pegada a la espalda por el sudor. De cuando en cuando, un tic nervioso hace que los párpados le vibren como si fueran los de un cadáver a medio comer por un enjambre de moscas, y las piernas le duelen por la falta de movimiento. 

El cansancio es patente y por momentos está tentado de tomar otra pastilla de benzedrina. Necesita estar alerta y preparado para salir de allí tan pronto como la vea y ella se monte en el coche. 

—Siempre y cuando no esté muerta y el próximo en pasar por las manos de esos asesinos sea yo —murmura, dejando caer la ceniza sobre el salpicadero —. La operación era demasiado arriesgada y no teníamos la cobertura necesaria. Algo de esta envergadura no puede improvisarse…

Y entonces la ve.

Acaba de salir por la puerta del hotel corriendo. Va descalza y su cara está blanca como la cera. Un primer impulso le ordena que arranque el motor, pero todo queda en eso, en una orden no cumplida. A los pocos segundos, dos hombres salen a la calle y corren detrás de ella. Visten trajes oscuros y van armados. Parecen nerviosos y asustados. Desde una de las ventanas del hotel alguien les grita con un tono de voz castrense que no la dejen escapar. 

Y eso es lo que ella intenta hacer. Poner cuanta más tierra de por medio mejor, por mucho que el empedrado de la calzada se le clave en los pies y el dolor le recorra el cuerpo como una descarga eléctrica. En una mano lleva un estuche metálico que brilla bajo la luz de las farolas y con la otra trata de sujetar sus senos que amenazan con escapar entre el escote de la fina blusa que viste. Pasa junto al coche sin detenerse y el conductor se agazapa en el asiento, procurando pasar desapercibido, si bien los hombres que corren detrás de la mujer pasan a su lado sin prestarle atención. No son más que dos proyectiles trazadores surcando la noche rumbo a su objetivo.

Ella trata de despistarlos y alcanzar el parque que hay al final de la calle. Un páramo oscuro y silencioso a estas horas donde esconderse el tiempo suficiente para que sus perseguidores abandonen el rastro y pueda acudir al punto de encuentro con el hombre que, asustado, no puede apartar la mirada del parabrisas mientras aprieta los dientes con fuerza deseándole suerte.

Pero a mitad de camino, el estampido de un disparo interrumpe su huída y el empujón de una mano invisible sacude su cuerpo, habiéndola caer de bruces al suelo. Los perseguidores llegan a su lado sin darle tiempo a intentar levantarse. Dos nuevos disparos arrancan ecos a las paredes que los rodean y la mujer cae desmadejada en un charco de sangre.

— Daos prisa —grita de nuevo la voz desde la ventana del hotel.

Ajenos a las nuevas órdenes, uno de ellos se agacha a recoger el estuche que ha salido despedido y lo limpia con esmero antes de abrirlo y comprobar que su interior está intacto. El otro, por su parte, cachea el cuerpo en busca de micrófonos ocultos o cualquier dispositivo que pudiera haber interferido en la reunión que han mantenido. 

—Está limpia —anuncia al fin, acercándose a su compañero —. ¿Todo bien?.

—En principio sí. Aunque solo hay una manera de saber si el microfilm ha resultado dañado —responde, guardándolo en el bolsillo interior de la americana —. Volvamos al hotel, el jefe querrá saber qué ha pasado con esa puta de ahí y ya sabes que no es buena idea hacerle esperar.

Dicho esto, los dos hombres deshacen el camino con calma. Uno de ellos saca un paquete de cigarrillos Kazbek con boquilla de cartón y le ofrece uno a su acompañante. Este lo acepta y, tras encenderlo con un mechero de gasolina, sigue andando con la determinación del deber cumplido.

Una vez que los dos hombres han desaparecido de su campo visual, el hombre del coche cierra los ojos tratando de controlar sus emociones. La mujer está muerta sobre un charco de sangre coagulada y aquello que había ido a buscar ha vuelto a las manos de sus dueños. Solo queda él y su misión actual es la de salir de allí y dar parte a sus superiores del MI-5 de lo que ha ocurrido.  Asustado, suspira concediéndose unos segundos que se le antojan demasiado cortos para serenarse. Después, arranca el motor y circula despacio con las luces apagadas, procurando no llamar la atención a cualquier centinela nocturno que no haya oído los disparos pero que ante cualquier otro tipo de ruido quizá sí se muestre en el deber de avisar a sus superiores sobre movimientos extraños.

Más tarde.

Cuando tanto el hotel como el cuerpo y el miedo se han perdido en la distancia, enciende las luces y pisa el acelerador. La adrenalina acumulada se va disipando junto a los kilómetros y el cansancio es patente. Bosteza, llevándose, ahora sí, una anfetamina a la boca, tragándola con dificultad. 

De pronto, de la nada, aparece un vehículo negro que se posiciona en paralelo a él. Apenas tiene tiempo de comprender lo que está pasando, cuando dos balas revientan la ventanilla antes de alojarse en su cerebro. Después, de la misma manera que ha llegado, el coche desaparece en el manto negro de la madrugada.

1 Comentario. Dejar nuevo

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Rellena este campo
Rellena este campo
Por favor, introduce una dirección de correo electrónico válida.
Necesita estar de acuerdo con los términos para continuar

Menú