Pese a la diferencia horaria y los océanos que separan continentes, la actividad es frenética tanto en Moscú como en Washington. Despachos atestados de gestos serio y facciones marcadas que parecen esculpidas en granito a golpe de cincel. Teléfonos sonando y humo de cigarrillos. La tensión es máxima y el desenlace que puede traer de la mano, implica aquello de lo que ni el presidente estadounidense ni el dirigente soviético quieren pensar: botón rojo y cabezas nucleares. Misiles cruzando el aire y un último segundo de paz antes de que todo se resuma en un fogonazo cegador, un hongo de humo anaranjado y la humanidad convertida en cenizas.

Apretando los dientes, el presidente americano mira de manera alternativa a los informes que tiene delante y al enlace con el MI-5 que, en posición de firmes, espera órdenes. La mujer asesinada en Berlín era miembro de una célula secreta del espionaje británico realizando labores de campo. Los rumores sobre cierta grabación en la que Hitler y los dirigentes nazis viven un plácido retiro en Latinoamérica, eran demasiado frecuentes como para pasarlos por alto. Las cosas no están como para dejar escapar las oportunidades cuando se presentan y de esta manera poder devolver a Gran Bretaña al tablero geopolítico.

—Enviaron un grupo de espías sin tener en cuenta las relaciones que otros países pudieran tener con los alemanes de la RDA —dice el norteamericano pasándose unos dedos manchados de nicotina por los párpados—. Los comunistas descubrieron la empresa y les tendieron una emboscada, ¿es así?

—Sí, señor —responde, alzando el mentón con porte militar.

—Y ahora —se lamenta, mirando a su alrededor, deteniéndose en las barras y estrellas de la bandera enmarcada que cuelga en la pared del fondo de la habitación —el riesgo a correr es mayor. Los soviéticos van a destacar a sus mejores hombres en territorio alemán, y cualquier intento de recuperar la grabación no sería más que una misión suicida.

El británico traga saliva, sintiendo cómo su nuez sube y baja con dificultad en el cuello almidonado de la camisa que lo aprisiona. La operación ha sido un fracaso y, si bien su carrera no es la que pende de un hilo, esa suerte está echada para el hombre que está escuchando al otro lado del teléfono que permanece descolgado sobre el escritorio en el que ahora tamborilea con impaciencia el presidente norteamericano, lo peor de todo es que la maquinaria de espionaje y contraespionaje soviética ya habrá empezado a extender sus tentáculos de la mano de la Stasi alemana.

—Las tensiones en la zona —sigue diciendo el otro, ajeno a sus pensamientos —son altas. Cada día capturamos a alguno de sus hombres y ellos de los nuestros. La pantomima de dividir Berlín en sectores iba a traer este tipo de consecuencias… Y si entre nosotros, los supuestos aliados, nos ocultamos información, ¿qué futuro nos espera ante el bloque de hielo al que nos enfrentamos?

Antes de que el británico pueda responder, un hombre que había permanecido en un modesto segundo plano junto a los militares de alta graduación y los estadistas que matan el tiempo estudiando los mapas desplegados sobre un tablero iluminado en un rincón, se acerca al presidente mordiéndose los labios, como si dudara entre interrumpir la conversación o esperar.

—Acércate —le ordena, encendiendo un cigarrillo con rabia—. No están las cosas para andarnos con remilgos de protocolo. Lo que hablemos de ahora en adelante entra dentro de la información compartida con nuestros aliados —al pronunciar esta palabra expulsa el humo por la nariz, aguantando la mirada del británico—. Necesitamos mantenernos unidos y generar un frente común.

El estadista asiente, colocándose las gafas de concha con indecisión.

—Nuestro agente dormido en Berlín puede servirnos de ayuda ahora —dice con voz temblorosa —. Su tapadera es frecuentada por gente de todo tipo y solo es cuestión de dejar que sus informantes hagan su labor…

El británico controla una sonrisa que se traslada al brillo de sus ojos acuosos, como diciendo por lo visto no somos los únicos que intentamos pescar en la zona sin el conocimiento de los demás.

El presidente americano se acaricia el mentón, pensativo. Hay otras operaciones secretas en marcha y jugar esa baza no entraba en sus planes. Como si acabara de leerle en pensamiento, uno de los oficiales del ejército asiente en silencio. 

—Señor presidente —dice con voz grave, llamando su atención —. Lo primero es saber hasta dónde son ciertos esos rumores y qué ocurre en el polvorín a punto de estallar en que se debe de estar convirtiendo la zona. Lo demás, pasa a ser secundario…

—Está bien —responde desmenuzando el cigarrillo en el cenicero, antes de encenderse otro y comprobar que al otro lado de la línea telefónica su interlocutor británico sigue a la escucha—. En ese caso, caballeros, esta operación pasa a ser de máxima prioridad. Dios bendiga a Norteamérica y sus aliados ante el infierno que está por desatarse…

Al mismo tiempo en que el presidente norteamericano se acerca con las manos enlazadas a la altura de los riñones a los militares que estudian el mapa, ante otra mesa, esta en el despacho del máximo dirigente del PCUS en Moscú, otros hombres hablan. El ambiente está cargado de humo y sus pieles grasientas dan cuenta del cansancio acumulado. Tan pronto como la espía británica entró en el hotel se activaron todas las alarmas del contraespionaje. Lo que ahora temen es la respuesta de los americanos y sus aliados. 

—No podemos esperar a que nuestros enemigos den el siguiente paso —protesta un hombre trajeado con fuerte acento alemán.

A su lado, el máximo responsable del KGB, a juzgar por los galones que luce, lo observa en silencio. Todos sus agentes están comprometidos en otras operaciones de mayor envergadura y esta emergencia surgida de la nada hace que su cabeza trate de buscar una solución rápida que primero logre solventar la crisis que está por desatarse y en segundo lugar evite la inminente en guerra. En esta ocasión no se trataría de medir fuerzas con sus adversarios en un teatro de operaciones perdido en la jungla de Vietnam o en algún país africano de nombre impronunciable. La confrontación sería directa y la victoria o la derrota estarían controladas por quién tarde más en pulsar el temido botón rojo y sus misiles impacten en el objetivo con pocos segundos de diferencia.

—No van a hacer nada de manera visible —interviene el dirigente del PCUS sacando las manos del cono de luz que alumbra la mesa, perdiéndose estas en las tinieblas de la habitación a oscuras en la que se encuentran —. Se trata de una misión encubierta que ha sido descubierta. No va a haber ningún tipo de discurso público. Esa mujer y ese hombre, simplemente nunca han existido —hace una pausa para dar un sorbo del vaso de vodka que tiene delante y, tras toser levemente para aclararse la garganta, continúa exponiendo el plan a seguir—. Tampoco van a enviar agentes nuevos. Los que tengan en la zona serán los encargados de seguir el trabajo donde los anteriores lo dejaron…

Sus palabras flotan en el aire como un reproche hacia el alemán. En ningún momento les han informado de la existencia de ese microfilm que con tanto ahínco el MI-5 quiere recuperar, y llegados a este punto, tampoco quieren saber más de lo necesario. Si el artefacto cambiara de manos para acabar encerrado en una cámara acorazada en suelo soviético, las operaciones norteamericanas se incrementarían en los países latinoamericanos, con la consecuente repercusión en los intereses que la Madre Patria tiene depositados en la zona.

—Mis hombres de la Stasi y su red de informantes tienen controlados a todos los hombres y mujeres sospechosos de actividades de espionaje…

Una carcajada del hombre del KGB le interrumpe, dando a entender que quizá sus métodos no sean tan eficientes como cabría esperar, de lo contrario no se verían en la situación en la que se encuentran.

—Hace poco hablé con mi homólogo alemán —continúa el mandamás soviético —. Ese flujo de hombres, mujeres y niños pasando de un lado a otro de las dos Alemanias no nos gusta. Es un caldo de cultivo perfecto para que se intercambie información y los ciudadanos de la RDA vayan por libre en la RFA sin un control exhaustivo.

Los dos hombres que le acompañan guardan silencio, a la espera de que termine de hablar y exponga la solución que, al parecer, las altas esferas del bloque comunista llevan planeando con anterioridad.

—No pueden, ni nosotros tampoco, tener oídos en todos y cada uno de los rincones donde nuestros amigos berlineses se mueven dentro de la zona controlada por el enemigo. Son ovejas pastando libremente antes de volver al redil al caer la noche, y el riesgo de que los lobos de los servicios secretos del mundo capitalista acaben por hacer su agosto con ellos, resulta demasiado arriesgado. Quizás la solución a todo esto se resuma a emular a Adriano con su Vallum Hadriani, y de esta manera poder lavar nuestros trapos sucios sin miradas indiscretas ni injerencias extranjeras…

Los dos hombres que le observan con atención intercambian una mirada recelosa. Ninguno de los dos sabe de qué está hablando, ni tampoco va a hacer patente su ignorancia. A lo sumo, en unos días el responsable alemán, al volver a su tierra y ver a qué se refería el camarada supremo de la Unión Soviética, podrá medir de primera mano las consecuencias de todo cuanto aún está por suceder en las próximas horas.

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